El día que conocí a Abelardo Castillo

    

Por Pablo Milani

 

 

 El día que conocí a Abelardo Castillo

 

 

 

                                                                                                                                                Mis incoherencias, mis sueños furtivos, mis pensamientos                                                                                                                                            absurdos o mis terrores, me pertenecen. No como cosa adquirida,                                                                                                                         por derecho propio, sino por su carácter de incompartible.                                                                                                                                          Lo que ni yo mismo puedo explicarme, eso es mío.

Octubre 18, de madrugada (1957)

 

 

      Había quedado fascinado con sus diarios. Los había leído durante unas vacaciones en Tucumán y a la

vuelta estaba decidido a entrevistarlo. Al principio fue difícil, pero poco a poco se fueron acercando las

circunstancias. Primero me comuniqué con una periodista que lo había entrevistado en su casa y a lo último

lo había convencido para que leyera un poema de su autoría. Me contestó que contactara a la editorial, cosa

que hice y me contestaron que por el momento “no estaba haciendo entrevistas”. Pero mi decisión seguía en

pie así que intenté por otro lado. Por esos días había salido otra entrevista en la TV pública, también en su

casa. Esta vez contacté al periodista por Facebook y logré que me diera su teléfono (el de Abelardo). Di con

él una mañana alrededor de las 11 y pico. Me atendió él, me presenté, le dije que quería entrevistarlo e

inmediatamente le describí algo de lo que había escrito en sus diarios, sonrió con timidez y me dijo que se

estaba yendo a San Pedro, que a la vuelta podría ser, pero no era seguro. Me dijo: “Llamame la semana que

viene y vemos”, le pregunté: “¿A esta hora está bien”?, me dijo “No, me encontraste despierto de casualidad,

llamame más tarde”. Y así fue.

 

 

 

      Vale decir que yo tenía preparada la entrevista, la había hecho conforme a los diarios que había leído.

Toda su vida estaba allí. El hombre que no logra escribir pero que al mismo tiempo lo escribe en un diario y

todo lo convierte en literatura. Lo llamé y me aclaró de antemano que antes de entrevistarlo quería saber de

qué iba la entrevista, que se la enviara por mail antes de publicarla, le dije que no había problema. También

me dijo que no tenía mucho tiempo y que el encuentro tenía que ser rápido. Me citó a una hora en su casa y

le golpee la puerta exactamente a la hora que me había dicho. Me atendió su mujer, Silvia Hopenhayn,

lamentablemente no había leído nada sobre ella. Me preguntó cómo se llamaba la revista, le dije Aglaura, y

me contestó, una de las ciudades invisibles de Ítalo Calvino, asentí con la cabeza y sonreímos los dos. Me

hizo sentar en un cómodo sillón de un marrón intenso, dentro de un amplio living antiguo, con muebles

también antiguos y una poblada y variada biblioteca en una de sus paredes. Una casa de techos altos,

postigones de antaño y piso de parquet. En segundos aparece Abelardo en persona, nos damos la mano y su

mujer nos deja solos para luego traerle un café sólo a él. Yo me acomodo en el sillón y empiezo a sacar un

papel con algunas preguntas como disparadores y el grabador. El me mira fijo y en silencio y me dice con el

brazo derecho levantado: “Espere un momento, quisiera saber de qué va la entrevista” Le contesto que

quedé fascinado con sus diarios y que las preguntas tienen que ver un poco con eso. En cómo se escribe en

momentos en el que uno no puede escribir, pero que al mismo tiempo todo lo atraviesa la literatura, sus

influencias, sus miedos, el significado de San Pedro en su vida, el futuro, la muerte, la religión, etc. Él me

dice que ya le hicieron un montón de entrevistas sobre esos temas, así que no vamos a hacer nada. Me

quedo perplejo y luego de un incómodo silencio, guardo mis cosas y me pongo de pie. Él me dice que no

hace falta, que me puedo quedar a conversar y que guarde bien el grabador. Así que ahí consigo relajarme

un poco, logro que mi espalda llegue al respaldo del sillón lentamente y luego de un imperceptible silencio le

empiezo a preguntar sobre cosas que no tienen que ver con la literatura.

 

  

 

  

 

 

¿Conoce la música de los Beatles? ¿Los escuchó alguna vez con atención?

 

Mira hacia abajo con gesto pensativo mientras se toca la pera y me dice; sí, a principios de 1970 empecé a

salir con una chica y la invité a tomar un helado al centro. Creo que íbamos caminando por Lavalle, después

iríamos al cine. Y ahí nomás, saboreando el helado, pasamos por una disquería y los escuché por primera

vez, o mejor dicho, ahí les presté atención. Por más que no conozco el idioma, me acuerdo que era un tema

alegre y yo también lo estaba, creo que por eso tengo un recuerdo especial de su música. Pero sí, tiempo

más tarde vi fotos de ellos, eran muy jóvenes, y yo también. Llegué a tener un Long Play.

 

 

¿Se acuerda cuál era?

 

No, la verdad que no. Pero lo solía escuchar cuando mi novia venía a casa.

 

 

¿Y los Rolling Stones?

 

Ellos no me gustan, la imagen desfachatada y su música siempre fue muy ruidosa para mi gusto. Prefiero a

Los Beatles.

 

 

¿Y música de acá? Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui, ¿Algo de tango?

 

No mucho la verdad, en mi juventud me gustaba el jazz. Solía disfrutarlo en mis horas de soledad, mientras

escribía. Me ayudaba a reflexionar, tenía una conexión especial. Además, era una música sin un cantante, así

que no me distraía y los disfrutaba. El tango sí, desde luego, Edmundo Rivero para mí fue el mejor y Carlos

Gardel también, aunque no tanto, y del resto muy poco.

 

 

 

¿Fue a algún concierto?

 

Me acuerdo una vez, debe haber sido 1961 o 62. Fui con unos amigos, me insistieron bastante. Fuimos en

auto al conurbano, por zona oeste. Jamás había ido tan lejos, aparte de San Pedro. Era una milonga,

actuaban varios músicos, no me acuerdo de ninguno, sólo el que cerró la noche, Alberto Castillo. Le aclaro

que nada tiene que ver conmigo, compartíamos apellido nomás.

                                       

 

 

 

 

¿Y el fútbol? ¿Es hincha de algún equipo?

La verdad que no, nunca me entusiasmó demasiado ningún deporte, aunque lo seguía, principalmente la

selección.

 

¿Qué selección disfrutó más?

La del ´66 me habría gustado que le fuera mejor, la verdad que tuvo mala suerte ese equipo. La Selección de

1986 que fue a México me sorprendió en ese Mundial. Había llegado muy mal, me acuerdo que al técnico de

ese momento lo quisieron echar, Bilardo, y finalmente salieron campeones.

 

Se ve que en ese momento le gustaba el fútbol….

Tenía amigos que sí, y yo estaba ahí con ellos. Creo que todo esto que sé se lo debo a ellos, es más, eran

ellos los que sabían y se sabían todas las formaciones y de qué jugaba cada uno. Y algo me quedó.

 

¿Y el Mundial ´78? ¿Qué se acuerda?

Ese Mundial no debería haber existido. Estaban los militares en el poder y para mí fue el Mundial de los

militares. Así que la pasé como el diablo con toda esa gente festejando, saliendo a las calles. Era muy triste

todo lo que pasaba y ese Mundial tapó todo lo que estaba pasando. Por eso digo que fue el Mundial de los

milicos e hicieron todo para que fuera a su favor, inclusive la final.

 

¿Usted cree que estuvo todo arreglado?

Por supuesto, ese equipo no era bueno, empezando por el técnico que nunca me gustó. Y los jugadores

estaban inflados por un montón de periodistas afines a los medios de ese entonces. A mí me gustaba

Housemman, Olguín, y Alonso…que no lo pusieron. Además, el siguiente Mundial, siendo el mismo equipo,

les fue horrible.

 

Insisto, usted dice que no le gusta el fútbol pero lo veo muy apasionado…

Lo he disfrutado sí, era otra cosa el fútbol, había camiseta y cada pelota se peleaba como la vida, hoy ya no

es así, Hay demasiadas cosas en el medio.  

 

¿Qué cosas?

El dinero por ejemplo, es demasiado, los auspiciantes, los medios. Eso perjudicó al fútbol más que cualquier

otro deporte.

 

    

 

                                    

 

 

¿Y la literatura que espacio vendría a ocupar en el fútbol?

La literatura le dio mucho al fútbol, al boxeo también. Hay buenos relatos sobre eso. Pero creo que prefiero

la literatura, sin intermediarios de ningún tipo.

 

¿Por qué no tuvo hijos?

Esto también lo conté un montón de veces. Yo quería ser sacerdote. Fui monaguillo, había averiguado para

hacer el curso y pasó que en el medio del trámite me enamoré de una chica y chau sacerdocio.

 

¿Valió la pena?

Al principio uno cree que sí, si no es la indicada el amor se va y uno queda perdido. Pero no me arrepiento.

Quizás hubiese podido elegir mejor.

 

¿Cuándo conoció a Silvia tampoco?

Ya éramos grandes, y además, nos dedicábamos a la literatura a tiempo completo. Un hijo no habría sido

posible para nada. Conocí el amor con ella, tenía casi 40 años.

 

¿No se arrepiente?

¿De qué? ¿De ser sacerdote? No serviría arrepentirse de algo que uno no hizo. Trato de no pensar en eso,

pero adopté la literatura como un oficio, no como una profesión y principalmente mi relación con Sylvia.

 

¿Me explica la diferencia de eso?

Claro, no tendría sentido que coloque en la puerta de mi casa de entrada un bronce que diga “Escritor” como

si fuera un abogado o un contador. Un escritor se va formando siempre, uno nunca termina el camino, muere

antes. Es muy poco lo que uno puede hacer.

 

Eso lo decía Ernesto Sábato…

De Sábato no voy hablar

 

Pues es una frase de él

 

Después de un largo silencio...

 

Cuénteme, ¿Qué opinión tiene de Juan Domingo Perón?

En política no me metí nunca demasiado, pero como un ciudadano de este país, hay algunas cosas de las

cuales no puedo hacerme el tonto. Aquí pasaron muchas cosas malas, que nos hicieron retroceder como

nación y esas cosas se la debemos a Perón. Creo que no acertó en nada de lo que hizo, principalmente en su

nefasto tercer gobierno. Nos dejó gente siniestra en el gobierno que él había elegido, “por el bien del

pueblo”, como él decía. Y después vino lo peor.

 

Los militares…

Sí, si Perón hubiese dejado gente adecuada, habríamos podido evitar la masacre que hube después. No se

pudo, ya era tarde. Había gente cómplice que quería que pasara lo que pasó. Una pena. Yo me quedé acá. Y

había gente que uno de repente dejaba de saber si vivía o no, o si se había ido a otro lugar. Fueron años

interminables para todos. Así que ese Mundial no debería haber existido, porque extendió el período de los

militares.

 

¿Y ahora? En esta democracia ¿Qué piensa?

Pienso que deberíamos estar mucho mejor. Que teníamos todas las posibilidades para ser un país serio y

pujante pero que tampoco se pudo.

 

¿Por qué?

Y porque hubo gente que hizo cualquier cosa para su propio beneficio, que vendió al país con todas sus

fábricas. Que muchos de los científicos que había se fueron del país. Que lo poco que había de bueno se

vendió o mejor dicho se remató y ahora nos quedó una deuda enorme. Además, hay una pobreza gigantesca

que no parece tener freno.

 

¿Qué piensa que va a pasar en estas elecciones (diciembre 2015)?

Este gobierno de ahora (Cristina Fernández) no me gusta, creo que empezó bien y después no. Hay mucha

gente que empioja todo y eso impide crecer al país, además de algunas decisiones mal tomadas, pero lo que

puede llegar a venir (Mauricio Macri) es peor, así que no sé qué va a pasar.

 

Usted quería ser sacerdote; ¿Qué opinión tiene del Papa Francisco?

Creo que estaba entusiasmado porque había salido de acá, ahora no entiendo ese entusiasmo, será porque

ya no lo tengo ni creo que lo vuelva a tener. La mayoría de las cosas que podría haber cambiado no

cambiaron. El hambre en el mundo por ejemplo; un tema del que nadie habla y está en el olvido de todos los

medios. Además, el abuso de miles de sacerdotes en el mundo que sigue pasando desapercibido por el Papa

y los que tiene a su alrededor. Todavía recuerdo estar donde estoy sentado ahora mirando la televisión junto

a Sylvia y decirle que Bergolio iba a ser el próximo Papa. Había en mí una esperanza hacia algo mejor, pero

no sirvió para nada. Tampoco creo que venga acá en lo inmediato, por lo menos hasta después de las

elecciones y depende quién gane.

 

¿Piensa que le queda muchos más años por vivir?

Quién sabe. La verdad es que no pienso demasiado en eso, a veces sí, cómo sería. Con el tiempo y mis

lecturas supuse que iba a tener algunas respuestas con respecto a la muerte, pero no. Además, hoy sólo me

importa Sylvia y estando con ella gozo de buena salud, así que espero que la muerte no venga nunca,

aunque sea una ridiculez tonta y sin sentido, como la vida misma, estar aquí.

 

 

 

 

Y se quedó callado un rato, volvió a tocarse la pera como buscándole sentido a sus 80 años recién cumplidos.

De nuevo el silencio había copado la sala mientras su café lo había terminado sin haberme dado cuenta.

Ahora me arrepiento de no haberle hablado de algo que él escribió en su imprescindible  libro “Ser escritor”:

Dice más o menos así; La felicidad es para vivirla, no para escribirla.

 

 

¿Fue feliz? Aunque ahora que lo pienso, es una pregunta muy estúpida, como todo el mundo sabe.

 

 

Me levanté del sillón de buen ánimo dispuesto a irme y él me acompañó hasta la puerta despacio. Lo miré a

los ojos y le pregunté qué iba a hacer ahora. Supongo que comer algo, acompañar a Sylvia y leer un poco en

la cama, como cada noche, como cada día, ya no escribo mucho, me contestó. Ya en la puerta de su casa, en

Balvanera, con el vértigo de una ciudad ajena espiándonos, se despidió con un fuerte apretón de manos. Con

una palmada en el brazo izquierdo, entrañable, me dijo, prepárate algo y llamame. No lo hice. A los dos años

me enteré de su muerte. Nunca más pude pasar por su casa.

 

 

 

                                                                                                                                                       Pero las palabras lo magnifican todo, o lo empobrecen                                                                                                                                     Sólo el recuerdo es perfecto. Escribir es destruir.

 

De un papel suelto, 1954 o 55