Y un día volvieron...

    

Por Pablo Milani

 

 

 Y un día volvieron...

 

 

    

      Después de diez años habían dejado una huella indeleble en la música popular de Argentina y Latinoamérica. No solo sus

vidas cambiaron, sino la de millones que los vieron crecer en lugares tan recónditos que, sin la posibilidad de hacer música y

formar parte de una banda, hubiese sido imposible estar allí. 25 años de historia, mucho trabajo y un puñado de álbumes

hicieron el resto. A más de uno lo tomó de sorpresa, aunque era esperable tarde o temprano.

 

 

      El primer show fue el viernes 19 de octubre, tiempo en que la primavera porteña volvió a cero en el estadio de la banda

roja de Núñez. Al Fin! ¿Saben qué acorde es éste? anunció un feliz Cerati al público mientras mantenía el rasgueo de su

guitarra Jackson azul de los años ´80 en sí, la inconfundible introducción de Juegos de seducción, una canción perteneciente

al segundo álbum de estudio, Nada personal (1985).

 

 

      De ahí en más, por momentos, la emoción les haría perder el conocimiento a las almas que se entregarían al éxtasis y al

desenfreno a corazón abierto durante más de dos horas de concierto brindado por los creadores de Sobredosis de TV. Ellos

se los veía a flor de piel, en un indiscutible presente queriendo aprovecharlo todo. El recorrido de canciones abarcó un

abanico amplio y virtuoso que reunió todas las épocas del grupo y no dejó nada al azar.

 

 

 

 

 

 

      La puesta de luces fue de lo mejor que se ha visto en estas tierras, a la altura de una banda internacional de primera

línea. Tonos entre azules, rojos y violetas hicieron de un escenario una discoteque en su máxima expresión. El impecable

sonido a cargo del siempre presente desde la primera época, Adrián Taverna, junto al vestuario y una pantalla gigante a cada

lado del escenario, más otras dos en el campo, y tres pantallas verticales en el escenario detrás de los músicos, hicieron de

este show, uno inolvidable para todos los que estuvieron ahí.

 

 

      Las canciones y las emociones mezcladas pasaron sin dejar tregua; Tele-Ka y Trátame suavemente, éste último

perteneciente a Los Encargados y compuesto por Daniel Melero, (Soda Stereo, 1984),  Final caja negra, Prófugos, Signos y El

Rito (Signos, 1986), La ciudad de la furia, Corazón delator y Picnic en el 4ºB (Doble Vida, 1988), En Remolinos, Primavera 0 y

la emotiva Fue (Dynamo, 1992), Hombre al agua y De música ligera (Canción Animal, 1990), Danza Rota y Cuando pase el

temblor (Nada Personal, 1985) y una canción casi desconocida en vivo, la conmovedora En Camino, (Signos, 1986) fueron

algunos de los puntos más altos del recital para terminar a toda velocidad y bien arriba con la celebrada y ochentosa Nada

Personal (Nada personal,1985). Sensatez y sentimientos se entremezclaron en un concierto impecable de principio a fin y con

el propósito de seguir adelante durante dos meses atravesando un sueño, para muchos, hecho realidad.

 

 

      Las canciones fueron copiadas de la versión del Long Play pero más sofisticas, mejor trabajadas hasta las lágrimas del

espectador que pudo vivirla y rememorarla en el momento original de su aparición. Entonces lo que se siente es como si el

tiempo no hubiese pasado, de que aquella angustiosa despedida del 1997 no debería haber ocurrido nunca. El corazón de

Soda Stereo estaba latiendo de nuevo en el mismo estadio en el que, sin querer, se habían despedido diez años antes. 30

canciones fueron las protagonistas de tan ataviada y única noche.

 

                                           

 

 

 

      En cuanto a su público y la entrega del trío arriba del escenario, fue un hallazgo y una ceremonia fortuita enclavada en

las 65000 almas agitadas que se hicieron presentes. Pero todo termina siendo efímero al final. Cuando hay momentos

inolvidables compartidos en una vida junto a seres queridos o en soledad acompañado de canciones, a veces se cree

erróneamente que al volverse a juntar esa banda y escuchar esas mismas canciones en vivo, esos tiempos volverán. En

realidad, solo esa música traerá recuerdos de aquella época vivida, ahora en otro tiempo distinto.

 

      La contribución de Soda Stereo con esta reunión en la música y en la vida de miles y miles de personas fue para siempre.

Pocas veces se siente estar formando parte de un hecho histórico. Caras de chicos y chicas con ojos ensombrecidos con los

brazos en alto y de todas las edades dejaron el vestigio de que ese corazón volvió a ser delator por lo que había vivido y en

cierta forma, había vuelto al menos por un rato. Que vale la pena el engaño y  que solo se tiene una Doble Vida. La burbuja

del tiempo esta vez volvió para hacerles disfrutar de nuevo, desde otro lugar, la frescura de una historia en la que también

celebraba un pasado escapándose de las manos una vez más. Por un instante se creyó que nada ni nadie había envejecido.

 

      En este irrecuperable y sinuoso camino atravesado con cientos de obstáculos, los egos, las peleas desmentidas y un

silencio ensordecedor de años de Cerati/Bosio/Alberti, le ganaron al pasado apenas reflexivo y dispuesto a ser disfrutado por

todos, a ambos lados del escenario.

 

     Los músicos que acompañaron a Soda en la noche del viernes fueron, por un lado, el eterno “Tweety” González en

teclados junto a Leandro Fresco y la participación especial de Leo García en guitarra rítmica. Ellos les aportaron fragancia y

liberación a un concierto de por sí histórico.

 

 

 

 Fuente: Rolling Stone

      Soda Stereo había dejado un vacío en la música como esos espacios que quedan cuando se termina una relación y nadie

sabe cómo seguir hasta que la vida y sus cosas siguen simplemente por inercia. Sólo uno de ellos, la voz cantante de la

banda, decidió seguir haciendo música con instantes memorables. Pero la banda junta de nuevo era otra cosa. Hasta ahora

nada se había sabido de ellos. Declaraciones, silencios, evasivas y promesas incumplidas habían pasado en estos diez años a

veces lentos pero también rápidos e inseguros.

 

       Parece ser que las diferencias habían quedado atrás y que había pasado tiempo suficiente y de algún modo inexplicable,

las partes que conformaron un todo se juntaron y lo que antes se había destruido, o mejor dicho, y ellos insistieron más de

una vez, “sentían un agotamiento creativo, humano, de relaciones”, en palabras de Gustavo Cerati. Por supuesto que toda

separación cada cual lo enfrenta de un modo distinto. Zeta Bosio, por su parte, (San Fernando, 1958) cayó  en una especie

de depresión y ocio que lo tuvo casi tres años sin hacer nada. De Charly Alberti (Buenos Aires, 1963) nada se supo hasta que

reapareció en una actividad alejada de la música, se convirtió en un ferviente activista y protector del medio ambiente.

Gustavo Cerati (Buenos Aires, 1959), el incansable líder, guitarrista, letrista y compositor de todos los éxitos de la banda, por

fin se había animado a soltarse de sus compañeros para transitar su música ahora solo, sin tener que lidiar con todos las

fricciones que conllevan formar para de un grupo.

 

      Así conformado, con la inevitable separación estirada durante mucho tiempo, el futuro de las tres personas que la

conformaban quedó bien distante. Por un lado, Zeta Bosio y Charly Alberti, con la separación, serían los desdichados. Habían

estado años bajo el aura de una banda que se había hecho inmensamente grande a fuerza de prestigio y dedicación, y que

ahora  solos, quedarían solo con su nombre a la intemperie. Por el contrario, Gustavo Cerati, dejaba de ser el líder

desdichado arrastrando a una banda que había perdido su entusiasmo por el futuro, y que ahora podría disfrutar de todo su

poderío y talento solo.

 

      Así las cosas, sus caminos en estos diez años no se habían cruzado nunca, tal vez necesitaban ese aire que antes les

faltaba entre ellos para recuperar fuerzas, conocerse a sí mismos, cicatrizar algunas cosas y renovar otras.

      A mediados del 2006 y junto con el fue el creador del Suplemento Sí! y ex-manager de la banda, Daniel Kon, los tres

Soda se reunieron bajo un estricto silencio de siete llaves y firmaron el ansiado contrato que los mantendría juntos por dos

meses en una gira por aquella parte del continente que habían recorrido durante años y que conocían bien, Latinoamérica.

Serían 21 conciertos en total.

 

      El anuncio oficial del regreso se hizo el sábado 9 de junio de 2007, con el primero de dos avisos diseñados por Alejandro

Ros, en forma de incógnita: un logo con tres figuras humanas y solo la sugestiva frase: “Me verás volver”. El aluvión de

entradas dejó a toda la organización atónita y hasta los mismos integrantes se sorprendieron. Primero fueron dos conciertos

en el estadio River Plate, luego uno más y finalmente tres más dejando en claro que pasarían el record de los cinco conciertos

de los Rolling Stones en febrero de 1995 con un total de seis shows con capacidad completa para los ahora no tan chicos de

los raros peinados nuevos.

      En esta minúscula porción de estrellas, Soda Stereo había vuelto para demostrar que los milagros existen y para

comprender también que a veces el tiempo puede dejar de ser una herida. En palabras de Jorge Luis Borges: …el terreno de

mañana es demasiado inseguro para planes / y los futuros tienen su forma de caerse por la mitad.

 

      Ellos comenzaron con una democracia llena de promesas, aquella que prometía: “Con la democracia se come, se educa,

se cura, no necesitamos nada más”, tiempo más tarde sería mucho más difícil y se despidieron junto a la década hedonista

por excelencia, previa a la desintegración de logros y derechos en partes desiguales. Pero qué importaba, después de todo,

había ganado la música.