La infancia de Jesús :: J.M. Coetzee

 

Por Pablo Milani

 

La infancia de Jesús

J. M. Coetzee

272 páginas

Mondadori

 

Coetzee describe un mundo sin recuerdos en esta novela. Una historia que transita una utópica mirada sobre cómo

sobrellevar las preguntas más recónditas. Un niño y un hombre llegan a una ciudad extraña, donde se le asignan nombre y

edad. David, el niño, Simón, el hombre. Los personajes de La infancia de Jesús parecen no desconfiar de lo que le brinda la

sabia naturaleza. J. M. Coetzee (Sudáfrica, 1940) alimenta sus palabras de un modo críptico y benevolente, como si su

intención fuese no dañar al lector. La historia se arma y se desarma por senderos que siempre buscan ocupar un espacio

propio,  el de la búsqueda constante de un niño por saber de verdad quien es. La infancia de Jesús transcurre en un lugar sin

tiempo, en un eterno presente, es una novela sobre el aprendizaje desde la mirada de un niño y todo lo que le rodea. En la

intensa búsqueda de la madre del niño, surge esta historia. Coetzee trabaja con materiales de la tradición literaria y deja en

consideración el temblor romántico frente a lo sublime. El niño no tiene miedo, tampoco parece preguntárselo. El tutor tiene

una misión, buscar a su madre y en ese recorrido se perciben cambios que van a chocar con la sociedad, el deseo de saber,

el deseo de poder, el deseo de lenguaje. La infancia de Jesús tiene la mirada de quien está viajando por tierras desconocidas, a

las que vuelve después de pasar por una cultura que le permite observarlas desde afuera. Personajes principales y

secundarios se dejan ver en esta obra para contarse mutuamente, historias que no importa si son verdaderas o no. Sino que,

por el contario, tienen una buena disposición para contar sin exageración y sin atenuantes, con una mirada calma y prosa

distinguida, lo que va sucediendo. Descripción de acciones e interpretación. “¿Y si entre el uno y el dos no hay ningún

puente, sino sólo un espacio vacío? ¿Y si nosotros, que damos el paso con tanta confianza, en realidad estamos cayendo por

el espacio, pero no lo sabemos porque negamos a quitarnos la venda de los ojos? La infancia de Jesús practica la tolerancia

como deber moral, la ironía frente a un mundo lleno de rarezas y la cortesía mezclada con firmeza frente a la originalidad

extravagante de quienes lo rodean. Entonces, cabe preguntarse, ¿Cuál es el fin de este niño frente al mundo? No le importa

refugiarse debajo de una suerte de anticipación trágica, no percibe nada de eso. Sino que él quiere encontrar la verdad, su

verdad. Una luz desnuda para la mirada, esa luz dura, que baña las cosas y los hombres, lo encierra en una perfección

inaccesible. Ésa es la evidencia y al mismo tiempo el enigma. ¿Cómo percibir ese instante único y hecho cenizas? Pero la

repetición en este mundo desconocido frente a la mirada del niño, también funciona como una forma de postergación. Lo que

los otros dicen queda postergado, remitido para más adelante. Coetzee reconstruye este mundo sin objeciones, como una

cifra del tiempo entero. Este niño no pretende ser Jesús, en realidad se mueve dentro de un campo donde superar la ruptura

con el mundo tal como se presenta, lo es todo. La infancia de Jesús finalmente, propone la reivindicación del ser humano sin

ataduras, se presenta allí como objeto de un romanticismo que, casi desde el comienzo, es nostálgico.