Un examen y Martín :: Horacio Spinetto

Testimonio
Marzo de 1976

Por Horacio Spinetto

      El martes 23 de marzo de 1976 a las cuatro y media de la tarde salí de casa, vivíamos en Boedo y Venezuela, yo tenía 25

años. Anita me despidió en la puerta de nuestro departamento con Carolina en brazos, que ya tenía siete meses. Me dio un

beso y me dijo: “andá tranquilo que te va a ir bien”. Sonreí recordando la frase que la abuela de mi amigo Arnaldo le decía

cada vez que iban a dar un examen: “Si estudiaste, te va a ir bien”, sentencia que lo llenaba de temores y le hacía correr un

sudor frío por la espalda: ¿Cuándo se estudia lo suficiente?

Bajé por el ascensor. Caminé hasta Colombres para tomar el 160. Al cruzar Corrientes me pude sentar. Comencé a repasar.

Estructuras IV era mi penúltima materia. Después de cuarenta minutos de viaje llegué a Ciudad Universitaria. A las siete de la

tarde pidieron las libretas de los que íbamos a rendir. Al rato comenzamos a ser llamados. Yo tuve que esperar más de dos

horas. Finalmente me encontré con tres ejercicios a resolver frente a mí, me senté tratando de concentrarme. El titular de la

cátedra iba recorriendo todas las mesas.

A las diez y media de la noche terminé los ejercicios. Un docente se acercó para verlos, y como había algunos errores

comenzó a hacerme preguntas. A las once y cuarto me retiró las hojas y me pidió que esperase afuera. Enseguida salió con

mi libreta ya firmada y con un magnífico y peleado: “Aprobado (4)”. Me quedaba una sola materia para recibirme.

Muy contento me quedé comentando el examen con algunos compañeros. Hubiera querido llamar a Anita para avisarle, pero

no teníamos teléfono. Bajando las escaleras me encontré con Martín, él venía de aprobar instalaciones, nos abrazamos, nos

abrazamos un rato en la cola del 160. Compartimos el viaje como tantas otras veces. El seguía hasta Remedios de Escalada,

yo me paré cuando el colectivo dejó Castro Barros y dobló por Venezuela. Me bajé en la esquina de casa. Las piernas me

parecían más pesadas.

Mi mujer me esperaba, comimos juntos y brindamos mientras Carolina dormía.

A la mañana siguiente nos despertamos no muy temprano. Después de desayunar salimos para lo de mis suegros, en Villa del

Parque. Me quedaba un día de licencia. En la esquina de Agrelo y Boedo tomamos el 84. Cuando llegamos, la madre de Anita

nos preguntó: “¿Se enteraron?”, ¿de qué? –respondimos-, “¿Cómo que no se enteraron?, cayó Isabelita.

Lo cierto fue que a las 0:45 del miércoles 24, Isabel Martínez de Perón salió de la Casa de Gobierno en helicóptero hacia

Olivos, pero el aparato fue desviado al Aeroparque. Allí se le informó que estaba detenida. Alrededor de las 3:20, por radio y

televisión la cadena oficial informaba que el país se encontraba bajo el control operacional de la Junta de Comandantes

generales. Ese mismo día en horas de la mañana se realizó el acto de asunción del gobierno militar.

El “Proceso de Reorganización Nacional” estaba en marcha, caducaron los mandatos políticos, se disolvió el Congreso y se

removieron los miembros de la Corte suprema de justicia. En realidad, un nuevo gobierno de facto se instalaba en el poder.

El 29 de marzo Videla asumía la presidencia de la República.

El diario La Razón dijo: “El presidente pidió el esfuerzo solidario a cambio de orden y justicia para superar la crisis y ofrece

trabajo y honestidad en el gobierno a cambio de paciente comprensión en el pueblo…”

Por su parte La Opinión, en su primera edición del mismo 24, decía:”…trascendió que en la cita de mañana, el Ministro de

Defensa, en nombre del Poder Ejecutivo, ofreció a los altos mandos concesiones virtualmente ilimitadas, para evitar la ruptura

del orden constitucional. Siempre según versiones autorizadas, en horas de la noche, los comandantes rechazaron las

propuestas del gobierno, ya que juzgaban terminado el proceso abierto el 25 de mayo de 1973. Poco después de estos

hechos, empezaron a dibujarse con nitidez los aprestos militares para la ocupación de los poderes…”

Mucha gente estuvo contenta.

Yo continué trabajando en la municipalidad de Buenos Aires, mientras las caras de algunas de las nuevas autoridades

comenzaban a hacerse cotidianas. El discurso del supuesto orden y la lucha antisubversiva parecían justificar todo.

Dos veces por semana yo seguía yendo a Nuñez, cursaba Diseño V en la cátedra del arquitecto Esteban Insausti. Cada tanto

me encontraba con Martín en el 160.


Un conjunto de viviendas colectivas para 5000 habitantes, con infraestructura comercial, educacional y de esparcimiento, me

tuvo muy ocupado y preocupado. En realidad, nos tuvo, a mí y a mis dos compañeros de equipo: José Luis y Juan Carlos.

Terminadas las vacaciones de invierno reinicié la rutina de estudiante universitario. Era el último tramo de la carrera, el

esfuerzo final. En mis viajes a la facultad no volví a encontrarme con Martín.

El 2 de diciembre, en Lomas de Zamora, era abatida por fuerzas de seguridad Norma Esther Arrostito, “una de las más

notorias sediciosas”.

Seis días después, el 9 de diciembre de 1976, en una facultad convulsionada por los enfrentamientos, aprobé Diseño y me

recibí de arquitecto. Fue una satisfacción personal y familiar. Mis compañeros de equipo también se graduaron.

A Martín no lo vi nunca más, no llegué a saber si se había recibido o no.

Con el tiempo supe que era uno de los 30.000 desaparecidos.

 

Extraído de la Revista Todo es Historia N° 404 – Marzo 2001


Horacio Spinetto nació en Buenos Aires (1950), Estudió en el Colegio Nacional Mariano Moreno, donde tuvo

como profesor al pintor Aldo Severi. Es pintor, dibujante. Arquitecto (UBA), museólogo (Escuela Nacional de

Museología), e investigador urbano.