Nocturno de Aña Cuá :: Tom Maver

    

Por Pablo Milani

 

 

Nocturno de Aña Cuá

Tom Maver

Editorial Llantén

2018

 

 

 Tom Maver

 


La muerte del padre

 

 

 

Tom Maver (Buenos Aires, 1985) publicó dos poemas: Yo, la incesante nieve (Huesos de jibia, 2009) y Marea Solar

(Alción, 2016; Alto Pogo, 2018). Tradujo Rosa, del poeta chino-estadounidense Li-Young Lee (Barba de abejas, 2015) y

Biografía en los saquitos de té, de Westonia Murray (Llantén, 2017). Dirige junto a Natalia Litvinova la editorial Llantén

donde pronto saldrá su traducción de la poeta H.D., Qué son las islas.

 

 

 

 

Como un gigante huracán, la poesía de Tom Maver describe con impaciencia y calma a la vez, el ciclo de una vida que

culmina con desobediencia. Como si cada poema necesitara de otro poema para poder sobrevivir. Cada palabra se define en

sí misma como parte del milagro del mundo. Si La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene, en palabras

de Jorge Luis Borges, Nocturno de Aña Cuá desenfunda la muerte en una vida que termina, despedazada e inevitable. Mi

padre está atado a su final / como una mascota. Los poemas funcionan como testigo de lo que no puede dejar de suceder. El

pasado es una corriente inagotable / que sigue llegando con más escenas.

 

De cosas que se hunden es este libro que transcurre como la corriente de un río por última vez. Aquí sólo Toma Maver y su

círculo íntimo son testigos de lo que sucede entre un pasado y un presente que se le escapa de las manos, junto a sus hojas

palabras ya sin gravedad mientras escribe, y corre hacia la otra orilla en ese mundo inútil que creía haber salvado, casi sin

respiración. Mi viejo no es un personaje / sino un instrumento de cierto peso / que me cuelgo al hombro.

 

De luces y de sombras está construido Nocturno de Aña Cuá, como palotes al principio de un océano antes que suba la

marea. En esa nueva condición de huérfano, en otra vida que surge sin adelante, se posa una nueva incertidumbre, ser

atravesado por su propia muerte, en la de su padre. ¿Quién muere conmigo? / También mueren / las cosas a tu cuidado /

Las naranjas y las flores. 

 

                                                              

 

  

                                            

 

 

 

 

Los amaneceres y atardeceres de Corrientes marchan al unísono en este escenario en que la única verdad corre por cuenta

del autor. Ahora el sol salía / por la boca de los pájaros / y la tos de los borrachos.

 

Entre troncos, humedales y esteros fue hecho este río en forma de libro. Gotas ensimismadas que forman cauces y se

bifurcan hacia un mismo universo de palabras. Buenos Aires se nombra como un antídoto obligado, como un refugio de la

última espera y a la vez como un demonio dispuesto a una lucha sin silencios y con frases entrecortadas. En esa luz blanca

río abajo abandonada y cargada de flores, en esa llanura habitada sólo por el horizonte, se escribe y se vive Nocturno de

Aña Cuá, un libro que resiste viajes en el 59 con la mirada pegada a la ventanilla y sostiene un dialogo de preguntas que no

tendrán respuesta. El alma no lee-Escucha muda. Por los auriculares podía oír / la hamaca oxidada del patio / del hospital

donde te balanceabas / entre enfermedad y demencia.

 

 

Nocturno de Aña Cuáes un libro de una vida desintegrándose y de otra quedándose a preparar la vida que fue, la que se queda,

la que ve partir. Es un libro que mira el silencio desde la oscuridad, en que un retrato termina, unos ojos sin reemplazo se

cierran y los demás se funden bajo un sol sin destino ni manos a que agarrarse. Un sendero que caminan otros pies que se

aferrarán ávidamente a lo extraño. Una soledad cargada de misterio que pregunta sobre otro tiempo, que inaugure otra

forma del mundo, que explique la justicia y desenvuelva el grito primario en tantas cosas que encierran una vida que deja

otra vida.

 

 

 

 

 

 

El libro de Tom Maver acompaña la muerte sin tristeza y desarticula la trama del tiempo. Aña Cuá es un lugar pero también

es una forma del destino. Nocturno de Aña Cuá exige una paciencia en la que no existe iluminación sin vacío. Nada ni

nadie podrá detenerlo, de eso va el tiempo. Entre las palabras encerradas de este poemario, sin embargo Miro a mi padre y

digo / “Ahora” – “Ahora” / y son como fotos lo que veo / mientras el río sigue su curso, / mientras el final se separa de la

historia / y la empieza otra vez.